Coaching nutricional para la mujer

Hola, ¿cómo estás?

Quiero explicarte algo que muy poca gente sabe y que es muy importante para comer de manera consciente. Existen diferentes tipos de hambre que no son más que sensaciones, pensamientos o emociones que suceden en el interior de nuestro cuerpo, mente y corazón.

Conocer estos tipos de hambre nos va a facilitar poder reconocerlas para poder comer con consciencia (con la técnica del mindful eating). Si sabemos detectar cuando aparece alguno de estos tipos de hambre y la frecuencia, podremos darle respuesta y reconducir nuestra manera de comer a una más adecuada y saludable.

Hambre fisiológica:

Es el hambre más básica. Aparece cuando el cuerpo tiene las reservas de energía bajas y necesita que repongamos. Si aprendemos a reconocer esta hambre, comeremos de manera intuitiva: cuando tengamos hambre comeremos y cuando no tengamos hambre, no.

Hambre visual:

Es la que responde a “comer con los ojos”. La mirada puede convencernos de que se olvide de los mensajes del estómago que nos dicen que está lleno, para que acabemos por comer algo que hemos visto. Es por esta razón que también podemos jugar a poner la comida en platos más pequeños con tal de que la vista entienda que hay más comida que si la servimos en platos grandes, y de esta manera favorecer a la sensación de saciedad visual. De la misma manera, el hambre visual está afectado también por la presentación que demos al plato. Si el plato está bien presentado y parece atractivo, nos apetecerá. Si el plato no tiene gracia, no será visualmente apetecible por muy bueno que esté.

Hambre de tacto:

Es la que hace referencia a la necesidad de sentir mediante la piel las sensaciones que nos producen los alimentos (en los labios, en la boca… o en las manos si cogemos alguno de ellos con las manos). Ser conscientes de las sensaciones que despierta el acto de comer cuando lo dejamos sentir es una experiencia que se considera placentera.

Hambre auditiva:

Según el sonido externo (por ejemplo, hilo musical) nuestra percepción del sabor puede alterarse. Incluso puede llevarnos a escoger ciertos alimentos por delante de otros.

Sabemos que hay alimentos que hacen cierto ruido cuando los comemos, y otros que no. Qué raro sería comer un flan que crujiera como una zanahoria, ¿verdad?. El sonido crujiente nos indica más frescura del alimento.

Un lugar con mucho ruido nos impide escuchar los sonidos de nuestra propia comida o bebida y esto nos puede hacer comer más porque estamos dejando pasar el hambre auditiva.

Hambre olfativa:

¿Cuántas veces has pasado al lado de una panadería y el olor a dulces recién hechos te ha abierto el apetito? ¿O al lado de un restaurante o en casa?

El olor de la comida despierta sensaciones en el subconsciente. El olfato era la herramienta que utilizaban nuestros ancestros para encontrar comida, para distinguir amigos de enemigos… El olfato era una herramienta protectora también a la hora de escoger alimentos ya que indicaba qué alimentos eran comestibles y qué alimentos podían estar estropeados. Lo que conocemos como “sabor” o “gusto” en realidad es “olor”. Cuando estamos resfriados y perdemos el olfato, ¡la comida no nos sabe a nada!

Hambre bucal:

El deseo de sensaciones placenteras por parte de la boca. Esta hambre es muy personal ya que hay personas que prefieren ciertos sabores y otros los rechazan. Nos suelen gustar las grasas, los dulces y la sal. Para saciar el hambre bucal, hemos de prestar atención a las sensaciones que nos evoca el alimento en nuestra boca.

Hambre estomacal:

Las sensaciones que emite el estómago para expresar su sensación de vacío son diferentes según la persona que lo vive. Esta sensación se produce en función de como hayamos educado al estómago a través de nuestros hábitos alimentarios. Si estamos acostumbrados a comer 5 veces al día, siempre nos reclamará comida cerca de esas horas. Hay que escuchar la sensación de hambre del estómago y no confundirla con el resto y dar respuesta cuando nos lo pide. Al estómago no le importan los sabores, solo le importa la cantidad. Por lo tanto, ¡el hambre estomacal no nos hará escoger un alimento u otro por su sabor! Aprender a diferenciar esto es importante. También es importante conocer en qué momento nos sentimos cómodos con nuestra plenitud estomacal para no sobrecargarlo ni quedarnos cortos. Para ellos es recomendable tomar consciencia de lo que comemos y darnos tiempo entre bocados para que el estómago nos vaya mandando señales de saciedad y podamos parar a tiempo.

Hambre celular:

El cuerpo puede indicar que tiene hambre a través de síntomas como por ejemplo dolor de cabeza, mareos, irritabilidad, cansancio o falta de energía. Las señales de las células nos indican de qué estamos necesitados en ese momento. ¿No te ha pasado nunca que te das cuenta que llevas días que el cuerpo “te pide” queso? Probablemente está necesitado de calcio, por algún motivo (porque has hecho una dieta carente en calcio o por que hay algo en tu alimentación que está haciendo que lo excretes en exceso).

Es más fácil que sintamos este tipo de hambre según la estación, ya que, por ejemplo, cuando empieza el frío, el cuerpo nos demanda más comida para mantener la temperatura óptima. En verano ocurre a la inversa.

Hambre mental:

Esta hambre se basa en pensamientos como por ejemplo “debería comer menos” o “me he ganado unas galletas”, o “debo comer más frutas” o “los hidratos no me convienen porque me engordan” …

Esta hambre está condicionada por lo que vemos, leemos, escuchamos… Muchas veces sentimos hambre de algo que no teníamos previsto solo por el hecho de haberlo visto (y más si tiene buena pinta). Por ejemplo, que pasemos por delante de una panadería habiendo ya comido y veamos una rosquilla de azúcar… y no nos la quitemos de la cabeza en todo el día. Este tipo de hambre de basa en pensamientos absolutos y opuestos: cosas buenas contra cosas malas. Alimentos buenos contra alimentos malos. Lo que debo comer y lo que no debo comer. Hay que escuchar al hambre mental pero no hay que hacerle caso, no hay que creerla del todo porque suele estar cargada de “deberías” y los deberías son obligaciones que si no cumplimos se convierten en una frustración.

Hemos de ser conscientes de este tipo de hambre, escuchando lo que nos dice la mente acerca de la comida y bebida y reconocer cuando nos está hablando sobre ello.

Hambre del corazón:

A veces comemos por la satisfacción que nos da ese alimento o plato porque nos evoca a tiempos pasados o momentos a recordar en los que se respiraba amor alrededor de ese alimento. El hambre del corazón hace referencia al deseo de ser amados, cuidados, de sentir calidez y felicidad. En ocasiones comemos con la intención de llenar un agujero del corazón, cuando nos sentimos solos, porque la comida intenta ser lo que rellene un hueco. Pero la comida no calma ese dolor ni rellena ese vacío. Todos tenemos una comida reconfortante que es la que buscamos en momentos de debilidad. Porque -aunque no lo recordemos- en algún momento del pasado consumimos esta comida y nos llenaba de felicidad y ahora la consumimos con la intención de reproducir esas emociones reconfortantes.

¿Has reconocido alguna? Estate atenta en las próximas horas, y cuando te aparezca un pensamiento, ganas de comer o hambre, escúchate, analízate y busca qué tipo de hambre es la que te está dominando.

¡Un abrazo!

Imagen de Karolina Grabowska en Pixabay

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